lunes, 3 de agosto de 2009

Periodismo narrativo

Periodismo narrativo

Por: Andrés Puerta

¿Por qué periodismo narrativo?

Las películas combinan la grabación de la voz y la fotografía, y sin embargo este híbrido merece un nombre
Norman Sims


El periodismo narrativo es periodismo porque, aunque utilice diversas técnicas y distintos recursos, no inventa nada, porque en él está presente el compromiso de informar, y es narrativo porque busca contar historias, hacerlas entretenidas para los lectores y con tal grado de profundidad que se conviertan en un reflejo de su época. La narración fundamenta su estructura en las acciones, en los verbos, y es perfectamente compatible con la descripción, que determina su fuerza en los adjetivos y en los sustantivos. Narrar es detallar las acciones de unos personajes en un lugar determinado, una buena narración no puede abstraerse del contexto.

Para esta definición del periodismo narrativo es útil acudir a los conceptos del escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez, quien en su texto Periodismo y narración. Desafíos para el siglo XXI (2006) nos recuerda que: “Hegel primero, y después Borges, escribieron que la suerte de un hombre resume, en ciertos momentos esenciales, la suerte de todos los hombres” (Martínez, 2006, p. 154).

Casi todos los días, los mejores diarios del mundo se están librando del viejo corsé que obligaba a dar una noticia obedeciendo al mandato de responder en las primeras líneas a las seis preguntas clásicas o en inglés las cinco W: qué, quién, dónde, cuándo, cómo y por qué. Ese viejo mandato estaba asociado, a la vez, con un respeto sacramental por la pirámide invertida, que fue impuesta hace un siglo, cuando los diarios se componían con plomo y antimonio y había que cortar en cualquier párrafo para dar cabida a la publicidad de última hora. (Eloy Martínez, 2006, p.153).

El periodismo narrativo, en contraposición al periodismo informativo, puede jugar con la curiosidad del lector y guardar información, esconderla para mantener la tensión narrativa. Comparte muchos ingredientes formales con la literatura; de hecho, Tom Wolfe[1] (1977), uno de los principales exponentes del Nuevo Periodismo[2], al examinar los reportajes escritos por los nuevos periodistas norteamericanos encontró que se basaban en procedimientos narrativos que han sido propios de la literatura, en especial de la novela realista, tales como el uso de la voz personal, el empleo del punto de vista, la construcción del relato escena por escena y el registro realista del diálogo. Por eso, en 1973, Wolfe patentó el término Nuevo Periodismo. Pero 23 años después, en 1996, fue rebautizado como Periodismo Literario —o el arte del reportaje personal— por Norman Sims[3]. Las relaciones y los elementos que comparten son indiscutibles, no obstante esos mismos recursos lingüísticos también han sido propios del lenguaje en general, del diálogo de la gente en la calle, por eso el periodismo narrativo también reconstruye el lenguaje callejero y nos da una idea de cómo habla la gente en una calle bogotano en un época determinada, esta estrategia hace parte de la idea de dejar testimonio, de retratar un momento de la historia de la historia del país, en el que también se recogen las costumbres de sus habitantes.
Carlos Sánchez Ocampo (2005) lo define de manera muy clara en el texto ¿A qué sabe el periodismo? “Periodismo y literatura son parientes, viven en la misma casa del lenguaje como inquilinos y pagan alquiler con la misma moneda: Escritura” (Sánchez, 2005, p.6), es evidente en esta idea que todo puede ser narrado, contado, construido con palabras escritas. Sánchez Ocampo (2005) remata con una frase contundente “El periodismo y la literatura, aunque son inquilinos en la casa del lenguaje, tiene cada uno sus propias habitaciones y rutinas, y el periodismo también tiene habitaciones con vista al mar” (Sánchez, 2005, p. 8).

Habitaciones con vista al mar, construcciones pensadas, decantadas; elaboraciones estéticas, reflejos de época, trazos artísticos son los que se requieren para que un texto puede considerarse dentro del periodismo narrativo. Ese periodismo que narra, que destaca las acciones y las descripciones, busca unos protagonistas de las historias, intenta captarlos en sus escenarios naturales y retratarlos de una forma completa.

En esa búsqueda hay un componente subjetivo, humanizador de la noticia, que busca las historias en la fuente directa, una de las premisas que aplicó con éxito Joseph Pullitzer[4], cuando le pidió a sus reporteros que salieran a las calles. Una estrategia que también empleaba Roberto Arlt[5], en Argentina, una manera de vivir la escritura cercana a la gente, una forma de vida que le trajo problemas con la crítica porque Arlt podía trascender lo evidente y entender, como lo demostró en sus temas, que la ropa de los enamorados que se besan bajo la lluvia, en las bancas mojadas, se impermeabiliza. Arlt también era una persona a la que la hacía llorar una rosa que se marchitaba en su escritorio antes de comenzar el trabajo, y los compañeros lo miraban como a un loco.
En Colombia, José Antonio Osorio Lizarazo es sensible frente al drama de los mineros y de los campesinos que llegan a la ciudad en busca de trabajo, de los miserables que viven en los barrios marginales, de los borrachos que caminan zigzagueantes por la calle, de los locos que le cuentan historias inverosímiles, de los perros a los que pretende darles voz, y todo hace parte de su estrategia estética, de su vocación en la vida, de ese tratar de darle voz a los que no la han tenido y es coherente con lo que mencionó, alguna vez, Hayden White, Citado por Eloy Martínez (2006), “lo único que el hombre realmente entiende, lo único que de veras conserva en la memoria, son los relatos”. Osorio Lizarazo entendía que las cifras y, en general, las noticias, pueden olvidarse muy rápido, pero una buena historia, una buena narración permanece en la memoria. Estas concepciones también son coherentes con su manera de entender y afrontar el periodismo narrativo porque:

Para los escritores verdaderos, el periodismo nunca es un mero modo de ganarse la vida sino un recurso providencial para ganar la vida. En cada una de sus crónicas, aun en aquéllas que nacieron bajo el apremio de las horas de cierre, los maestros de la literatura latinoamericana comprometieron el propio ser tan a fondo como en sus libros decisivos. Sabían que si traicionaban a la palabra en la más anónima de las gacetillas de prensa, estaban traicionando lo mejor de sí mismos. Un hombre no puede dividirse entre el poeta que busca la expresión justa de nueve a doce de la noche y el reportero indolente que deja caer las palabras sobre la mesa de redacción como si fueran granos de maíz. El compromiso con la palabra es a tiempo completo, a vida completa […] El periodismo no es una camisa que uno se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que respira y ama con nuestras mismas vísceras y nuestros mismos sentimientos. (Martínez, 2006, p. 42).

Osorio Lizarazo era un periodista de tiempo completo, a vida completa, un escritor que asumía el compromiso con sus historias. En esas historias hay denuncia y los críticos atacan esta postura, pero estos relatos no se agotan en la denuncia; pretenden ser el reflejo de una ciudad, de una forma de vida, un compromiso con el arte, como dijo alguna vez Pablo Picasso:

¿Qué creen que es un artista? ¿Un imbécil que sólo tiene ojos si es pintor, u oídos si es músico, o una lira en el corazón si es poeta? Muy por el contrario, un artista es, al mismo tiempo, un ser político, que tiene conciencia permanente de lo que sucede en el mundo, ya sea desgarrador, amargo o dulce, y no puede evitar ser moldeado por eso. (Picasso citado por Gordimer, 1997, p.30).

Osorio Lizarazo es consciente de las transformaciones y las dificultades que viven los habitantes que ocupan los cinturones de miseria y no puede abstraerse de esa realidad que quiere retratar, ese compromiso de la literatura con el arte que es reforzado por Flaubert, en una carta a Turgueniev (1872), “Siempre he tratado de vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda golpea sus muros y amenaza con minarla”. Albert Camus también tenía claras estas ideas, cuando expresa “cuando no sea más que un escritor, dejaré de ser escritor”, (citado por Gordimer. En Agenda Cultural Universidad de Antioquia, 1997, p. 14).
Los que han hecho periodismo narrativo saben que la única manera de contar una historia completa, que cautive, sin inventar nada, es investigando, buscando, preguntando los detalles, en esos detalles está la verdad y finalmente “lo que va a quedar de nosotros son nuestras historias, nuestros relatos” (Eloy Martínez, 2006, p. 44).


Algo de historia

El periodismo colombiano nació con el Papel periódico de Santa Fé de Bogotá[7], dirigido por el periodista cubano Manuel del Socorro Rodríguez[8]. Desde un principio tuvo fuertes nexos con la política. Donaldo Alonso Donado Viloria, en su libro Crónica anacrónica. Un estudio sobre el surgimiento, auge y decadencia de la crónica periodística en Colombia (2003) plantea que: “En Colombia, el Estado, los partidos y la prensa tuvieron el mismo origen, pasaron los mismos avatares, se confundieron e imbricaron de tal manera que no es posible hablar de uno sin referirse a los otros dos (Donado, 2003, p. 54). Esta relación marcó la forma en la que se escribían los periódicos, con una prosa panfletaria y opinativa. La prensa mantuvo el esquema, de servicio al partido al que pertenecían, hasta finales del siglo XIX. La última década del XIX y la primera del XX, en Colombia, transcurrieron con un escenario en el que dominaban guerras, dictaduras, censuras de prensa, la pérdida de Panamá, todos estos sucesos condicionaron el desarrollo del periodismo que estaba muy lejos del estilo informativo que conocemos hoy.

El periodismo informativo nació de la revolución industrial y predominó durante la última mitad del siglo XIX. Es un relato de origen telegráfico, denominado noticia. Una serie de sucesos ayudaron a su desarrollo: la industrialización, el desarrollo de las agencias internacionales, la aparición de grandes diarios en las ciudades. El modelo empleado buscaba responder unas preguntas básicas: qué, quién, cómo, cuándo, dónde y presentaba la información en un esquema denominado “pirámide invertida[9]”. Este esquema subvierte el orden tradicional de las narraciones literarias en las que, normalmente, se acumula tensión para el final.

En este periodo de finales del siglo XIX y principios del XX aparecen dos figuras fundamentales el reporter[10] y la interview[11], introducidas por Carlos Martinez Silva[12], fundador del periódico El Correo Nacional, en 1890. Martínez Silva fue uno de los primeros en romper las costumbres de los periódicos partidistas. Esos que estaban al servicio del partido con el que simpatizaban y no permitían una condición básica del periodismo informativo: la objetividad.

Los despachos telegráficos, la base en la construcción de las noticias, tenían casi siempre un párrafo. La poca información se debía a la precariedad técnica del telégrafo; en él, sólo podían transmitirse, a costos muy altos, mensajes cortos, en Código Morse, descifrados por los telegrafistas.

El telégrafo representó una gran ruptura; antes, la información llegaba por carta y se demoraba meses para llegar a su destino. Esta modernización apoyó la incorporación de América Latina al mercado internacional, por lo que se produjo una modernización social. Los lectores, con el telégrafo, se sentían insertados en una sociedad universal, lo que les sucedía podía conocerse casi de forma inmediata al otro lado del mundo. En esta época aparece la publicidad y los grandes grupos miran el mercado de los países latinoamericanos. Pero no todo fue bueno con la aparición del periodismo informativo, por ejemplo, los literatos se quejaban de un estilo regido, dominado por la eficiencia y la productividad.

Para romper con este esquema fue definitivo el trabajo de los cronistas judiciales, quienes adornaban el relato con descripciones de los personajes, del ambiente, del lugar, inclusive se atrevían a hacer cometarios jocosos; este tipo de periodismo, practicado en la primera década del siglo XX, fue heredero de crónica literaria[13] y los cuadros de costumbres del siglo XIX. Este estilo narrativo directo, más cercano al habla popular, sólo estaba permitido a los redactores judiciales, a los cables de agencias, y se alejaba de la retórica del periodismo de ideas.

En los años 1920 se vivía una transformación en el país. Se construían puentes, carreteras, puentes, ferrocarriles, fábricas, se consolidaron las exportaciones de café, el río Magdalena comunicó a sectores del país antes incomunicados. Aparecieron tertulias como la del café Windsor, que reunía a poetas, políticos, negociantes. Algunos escritores y reporteros tenían una formación literaria. Ellos fueron vitales para la transformación de la prensa en Colombia y el surgimiento y desarrollo de géneros como la crónica y el reportaje[14].

Esa formación de los escritores, que les permitió explorar y consolidar sus maneras narrativas es analizada por Julio Ramos, en su texto Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en siglo XIX[15] (1989) quien afirma que la crónica es “un lugar privilegiado para precisar la heterogeneidad del sujeto literario” (Ramos, 1989, p. 84), Ramos plantea unas reflexiones de los escritores que intervinieron en la crónica y cómo esta forma de escritura ayudó a explorar su estilo y les permitió relacionarse con la realidad, específicamente se centra en el caso de Rubén Darío, mientras fue corresponsal del diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina, a quien cita: “En ese periódico comprendí a mi manera el manejo del estilo”, en este caso el periódico se convierte en una posibilidad de modernización literaria, los autores conciben una nueva manera de trabajar, ya no con reflexiones interiores como lo hacían con la poesía; en ese momento, a partir de su trabajo en los periódicos, necesariamente requerían del contacto con el exterior. Estos autores tienen reflexiones interiores con sus poemas y exteriores con su trabajo periodístico; las dos visiones, necesariamente, produjeron una renovación en su trabajo.

Además, los periódicos se convirtieron en una vitrina para conocer el trabajo de autores europeos, así lo hicieron los grandes periódicos de América y así lo hizo también Mundo al Día. El mercado editorial de América era aún incipiente, no se contaba con un público que sintiera la necesidad de comprar libros, no se había conformado una industria editorial, por eso los periódicos fueron una manera para la democratización de la escritura y para la difusión de las ideas y autores de vanguardia en Europa.

Para Ramos, los periódicos fueron también formas para transmitir la cultura “el periodismo sirve como el lugar en el que se socializa la racionalidad, la ilustración y la cultura, el periodismo se convierte en el lugar en el que se formaliza la polis, la vida pública”. (Ramos, 1989, p. 93). Los periódicos son también una forma de reflexión, una manera para fomentar el pensamiento. No es gratuito que muchos periodistas fueran determinantes en la conformación de un espacio que también fue definitivo en la reflexión y el pensamiento: las tertulias literarias. El periodista es también un pensador y por eso puede dialogar con los literatos, con los que se reúnen a analizar los problemas de la sociedad.

El trabajo de los literatos en los periódicos fue metódico, algunos se ganan la vida con el periodismo, pero ni siquiera frente a la inmediatez traicionan su compromiso con la palabra. Justamente, la participación de hombres como Darío y Martí, o como Osorio Lizarazo en Colombia, ayudaron a superar los condicionamientos del lenguaje tipográfico. Eso sí, para Ramos es claro que “la crónica en Martí es un lugar heterogéneo, aunque no heterónomo” (p. 111), hay una forma periodística y al mismo tiempo literaria, la crónica es una forma de escritura altamente estilizada que permite el contacto del autor con el exterior, no con el interior, como se concibe la creación de la poesía.

También, dentro de la transformación de la prensa colombiana, fue muy importante, cuando en 1924 aparece el periódico Mundo al Día, una idea de Arturo Manrique, quien quiso hacer un diario independiente e imparcial de las ideas políticas. En esta época y en este periódico publicó muchos de sus textos José Antonio Osorio Lizarazo, quien recibió la herencia de Francisco de Paula Muñoz y otros periodistas que engendraron el germen del reportaje. Osorio Lizarazo retomó su trabajo y lo desarrolló, logró consolidar el proceso del periodismo narrativo. Juan José Hoyos (1997) demostró, en su estudio Periodismo y literatura: el reportaje en Colombia 1870-1970, que el reportaje, desde su aparición, procuró poner, de nuevo, la “pirámide narrativa sobre su antigua base” (Hoyos, 1997, p.4). Los géneros periodísticos narrativos[16], aquellos que centran su atención en la narración y la descripción, no atienden a la camisa de fuerza de la pirámide invertida y responden las preguntas del periodismo en cualquier parte del texto; además, pueden subvertir el orden del relato y comenzar a contarlo por el final.

El trabajo de Osorio Lizarazo fue muy importante porque ningún otro escritor en Colombia, hasta ese momento, logró tal profundidad en los reportajes, hubo experiencias significativas como la de El crimen de Aguacatal[17], el periodista anónimo que ayudó al general Rafael Reyes a escribir el libro sobre el “10 de febrero”[18], la historia que publicó Alberto Urdaneta[19] llamada El día de los difuntos, una narración de 1884, que relata su excursión por el cementerio de Bogotá y las innovaciones que introdujeron Luis Enrique Osorio[20], Luis Carlos Sepulveda[21] y Eduardo Castillo[22]. Osorio Lizarazo tomó el trabajo que estos autores hicieron con las entrevistas y los reportajes y los incorpora a su estilo, los convierte en unos procedimientos narrativos propios que permiten conocer a la ciudad de Bogotá y los personajes que la habitan, a través de la narración. La narración es un acto que refleja comportamientos eminentemente humanos, narrar es enlazar enunciados, como menciona Juan José Hoyos (1997), “en los que se representan acciones humanas, hechos en los que intervienen personas” (Hoyos, 1997, p.5) Cuando las personas no intervienen puede haber descripciones, pero no narración[23].

El concepto de periodismo narrativo es un término que resume la idea del tipo de trabajo hecho por José Antonio Osorio Lizarazo. Un periodismo que el autor bogotano consolida en la prensa colombiana, lo convierte en un trabajo sistemático que aplica a todos sus textos, inclusive las novelas, los cuentos y los poemas.

[1] Periodista y escritor estadounidense, se le considera el padre del llamado Nuevo Periodismo, del que se convirtió en la figura más emblemática, en el personaje más mediático.

[2] Es una corriente periodística nacida en los años 1960 en los EE. UU. Se caracteriza por aplicar recursos y técnicas de la literatura al periodismo. Algunos de sus principales exponentes son: Truman Capote, Tom Wolfe, Norman Mailer, Hunter S. Thompson y Gay Talesse. El término Nuevo periodismo fue usado por Tom wolfe en una antología con ese nombre. Tom Wolfe, The new Journalism. Picador, Pan Books Ltd. Londres. 1975. La primera edición española El Nuevo Periodismo. Anagrama. Barcelona, 1977. No obstante, la expresión Nuevo Periodismo es muy vieja, fue usada, por primera vez, por el escritor Arnold Mathiew, en la década de 1870, después de leer los relatos del periodista estadounidense William Tomas Otead. Para profundizar en este tema es útil leer el texto de Leonel Giraldo ¿Qué tiene de nuevo el Nuevo Periodismo de Mr. Wolfe. Revista Teorema. Bogotá. 1978.

[3] Sims plantea este concepto en el libro Periodismo literario o el arte del reportaje personal. El Áncora Editores, Bogotá, 1996.

[4] Revolucionó la manera de hacer periodismo, es considerado uno de los creadores del sensacionalismo. Actualmente el premio de periodismo más importante en Estados Unidos lleva su nombre.

[5] Escritor y periodista argentino, los críticos lo consideraban un mal escritor, pero sus Aguafuertes porteñas eran muy apreciadas por la gente en la calle.

[6] Para entender mejor las característica de la prosa partidista y el lenguaje telégráfico, que predominaron en el principio del periodismo colombiano se recomienda leer el apartado Algo de historia, en este primer capítulo, allí se desarrollan estos conceptos.

[7] El primer periódico colombiano apareció en 1785, durante el período de dominio español: una simple hoja de información acerca de un terremoto, de la cual se publicaron 3 números. La Gaceta de Santafé, publicada el mismo año, tampoco pudo mantener regularidad. El Papel Periódico de la ciudad de Santafé de Bogotá, que apareció en 1791 y circuló hasta 1796, fue la primera publicación periódica regular en el territorio de la actual Colombia.

[8] Considerado como el iniciador del periodismo en Colombia, nació en Bayamo (Cuba) el 3 de abril de 1758 y falleció en Bogotá, el 3 de junio de 1819.Fue bibliotecario público de la Real Biblioteca de Santa Fe de Bogotá, fundador de la tertulia Eutropélica y director de Papel Periódico de Santa Fé de Bogotá.

[9] La fórmula de este tipo de presentación se basa en la construcción de un primer párrafo o lead, en el que se resumen los datos más importantes. Luego se van incorporando párrafos en orden de interés decreciente. Este esquema permitía que si entraba publicidad de última hora y tenían que cortar las noticias, pudieran hacerlo comenzando por el último párrafo.

[10] El reporter es el periodista que ya no se fundamenta en las informaciones telegráficas y tampoco se dedica a la prosa partidista; en cambio, sale a la calle a buscar las noticias, investiga, reportea. Esta palabra se adaptó al español y se convirtió en reportero y es el origen de la palabra reportería.

[11] El origen de la entrevista, las primeras transcripciones de diálogos en la prensa.

[12] Para profundizar se puede consultar el texto de Gustavo Otero Muñoz. Historia del periodismo en Colombia. Biblioteca Aldeana de Colombia. Bogotá 1936.

[13] La crónica literaria se diferencia de la crónica periodística en que la primera sólo tiene compromiso con el componente estético; la segunda, además, debe responder al componente informativo.

[14] Ver los apartados de crónica y reportaje, en este mismo capítulo, donde se definen y se indagan sus características.

[15] El texto de Ramos analiza el siglo XIX y el análisis que se está planteando con la historia del periodismo colombiano, en este momento, analiza el principio del siglo XX, pero los procesos periodísticos en Colombia fueron más lento que en países como Argentina, sobre todo con el periódico La Nación de Buenos Aires, por eso es pertinente el análisis de Ramos, que coincide con este periodo de la prensa colombiana.

[16] El reportaje, la crónica, la entrevista como género en sí, el perfil y el testimonio.

[17] Primer reportaje publicado en Colombia.

[18] Reportaje que narra los hechos ocurridos el 10 de febrero de 1906, cuando el presidente Rafael Reyes fue atacado a balazos por tres hombres que iban a caballo y le cortaron el paso a su coche, mientras estaba de paseo, con su hija Sofía Reyes de Valenzuela.

[19] Fundador del Papel periódico ilustrado. Un periódico que surgió en 1881 y revolucionó el periodismo colombiano con un cambio en el formato, el aspecto gráfico y la presentación tipográfica.

[20] Es considerado el inventor de la entrevista en Colombia, a este género dedicó todo su esfuerzo, que comenzó en 1922.

[21] Su carrera periodística comenzó en 1923 y fue un importante reportero de la revista Cromos.

[22] Su seudónimo era El Caballero Duende, también trabajó en la revista Cromos, donde escribió crónicas, reseñas de libros, evocaciones y notas necrológicas.

[23] Para profundizar en este concepto puede verse el texto de Paul Ricoeur Tiempo y narración. Editorial cristiandad. Madrid 1987.

1 comentario:

León Ramírez dijo...

Me gustó mucho tu texto, gracias.